Reflexiones personales a partir de una conversación
con Fran Chuan
Hay palabras que las empresas repiten tanto que terminan perdiendo fuerza. “Innovación” es una de ellas.
Hoy prácticamente cualquier organización dice ser innovadora. Lo vemos en páginas web, valores corporativos, discursos de liderazgo y presentaciones estratégicas. Sin embargo, después de conversar con Fran Chuan en el podcast Como va, me quedé pensando si realmente entendemos lo que implica innovar o si simplemente hemos convertido el concepto en una especie de símbolo aspiracional que pocas veces aterrizamos a la práctica.
Algo que me llamó profundamente la atención desde el inicio de la charla fue la forma tan simple —y al mismo tiempo tan poderosa— en la que Fran definió la innovación: resolver problemas y satisfacer necesidades de manera útil y sencilla.
Parece obvio, pero creo que muchas organizaciones, especialmente las MiPyMEs, han asociado la innovación con tecnología compleja, grandes inversiones o departamentos especializados. Y quizá ahí comienza uno de los principales errores.
Porque mientras escuchaba el episodio, empecé a pensar en cuántas pequeñas y medianas empresas viven atrapadas en la urgencia diaria: ventas, flujo, operación, clientes, entregas, nómina. En medio de esa dinámica, innovar se percibe como algo lejano, costoso o incluso innecesario. Sin embargo, Fran insistía en una idea que me parece fundamental: toda innovación comienza con una pregunta.
Y eso cambia mucho la conversación.
Porque si innovar empieza con una pregunta, entonces cualquier persona dentro de la organización podría convertirse en fuente de innovación. El problema es que muchas culturas organizacionales no están diseñadas para permitir preguntas, sino para ejecutar instrucciones.
Durante la charla hubo un momento que me hizo mucho sentido: cuando Fran hablaba de cómo las organizaciones dicen valorar la innovación, pero terminan delegándola únicamente a ciertos puestos o áreas específicas.
Creo que esto ocurre muchísimo en las empresas familiares o en estructuras tradicionales, donde pareciera que solo los directivos “piensan” y el resto simplemente opera. El problema es que cuando una organización limita la capacidad de cuestionar, imaginar o experimentar, también limita la posibilidad de evolucionar.
Otra idea que me pareció especialmente importante fue la relación entre innovación y cultura organizacional. Fran mencionaba que la innovación no es la causa, sino la consecuencia de una cultura.
Esa frase me hizo detenerme bastante.
Muchas veces queremos resultados innovadores sin revisar el entorno interno que estamos construyendo. Queremos creatividad, pero castigamos el error. Queremos nuevas ideas, pero medimos únicamente productividad inmediata. Queremos personas comprometidas, pero no les damos espacio para participar realmente.
Y quizá por eso muchas empresas terminan confundiendo innovación con marketing.
Hay una parte de la conversación que considero especialmente incómoda —pero necesaria— para muchas organizaciones: cuando Fran menciona que aquello de lo que más habla una empresa debería verse reflejado en sus presupuestos y agendas.
Porque decir que la innovación es importante es relativamente sencillo; dedicar tiempo, recursos y atención real a desarrollarla ya es otra cosa.
Ahí entendí algo que pocas veces se discute: la innovación no se instala con discursos motivacionales. Se construye en decisiones cotidianas.
Se construye cuando una persona siente que puede proponer algo sin ser ridiculizada.
Cuando un líder escucha antes de imponer.
Cuando existe espacio para experimentar sin que cada error sea visto como fracaso.
Cuando las organizaciones dejan de obsesionarse únicamente con el corto plazo.
Y justamente sobre esto último, Fran hizo una reflexión muy interesante respecto al liderazgo. Él insistía en que un líder que quiera construir una cultura innovadora necesita ser auténtico, impulsor y modelo.
No basta con hablar de innovación desde un escenario o colocarla dentro de la misión empresarial. El liderazgo tiene que vivirla.
Creo que ahí existe otra gran contradicción empresarial: muchas organizaciones quieren innovación, pero también quieren control absoluto. Quieren creatividad, pero sin riesgo. Quieren cambio, pero sin alterar demasiado las estructuras actuales.
Y quizá por eso me resonó tanto cuando Fran diferenciaba velocidad de agilidad.
Las empresas suelen obsesionarse con “hacer más rápido las cosas”, cuando tal vez lo importante sería desarrollar la capacidad de adaptarse mientras avanzan. Especialmente hoy, donde los mercados cambian constantemente y las certezas duran cada vez menos.
Otro momento que me pareció brillante fue cuando habló de crear espacios de serenidad e incluso de aburrimiento dentro de las organizaciones.
En un entorno donde parecería que estar ocupado todo el tiempo es símbolo de productividad, pensar que el aburrimiento puede estimular preguntas y creatividad resulta casi provocador.
Pero tiene sentido.
Tal vez muchas organizaciones no carecen de talento o de ideas. Tal vez carecen de pausas. De espacios para pensar. De conversaciones menos operativas y más reflexivas.
Y esto conecta directamente con otra idea que me dejó pensando profundamente: cuando Fran menciona que las empresas pueden tener éxito desde afuera mientras internamente viven desde la épica y el agotamiento.
Porque muchas veces admiramos resultados sin conocer el costo humano detrás de ellos.
Quizá por eso la conversación no solo terminó siendo un episodio sobre innovación, sino también sobre la manera en que las organizaciones entienden a las personas.
Al final, me quedé con la sensación de que la innovación no debería verse únicamente como una estrategia competitiva, sino como una forma de relacionarnos dentro de las empresas. Una forma de escuchar, cuestionar y construir.
Y quizá ahí aparece la pregunta más importante para muchas MiPyMEs:
¿Estamos construyendo organizaciones donde las personas puedan pensar… o solo ejecutar?
¿La innovación realmente forma parte de nuestra cultura o solamente de nuestro discurso?
¿Estamos creando espacios para explorar o únicamente para cumplir?
¿Las personas dentro de la empresa sienten confianza para proponer ideas incómodas?
¿Y qué pasaría si el mayor obstáculo para innovar no fuera la falta de dinero, sino la manera en que dirigimos nuestras organizaciones?
Escucha el episodio completo aquí: https://youtu.be/YZ7a2zpzDdQ
Para mas episodios como este entra aquí: https://jcflorido.me/podcast-como-va-emprendimiento-y-liderazgo/